Queridos hijos

Está en la naturaleza de vuestra madre (o quizás es muestra del peculiar sentido del humor del Altísimo) que las cosas verdaderamente importantes las entienda yo con treinta años de retraso. Es justo ahora (cuando ya he traspasado la mitad de la vida, cuando ya vivís a miles de kilómetros de mí y estáis a distancias siderales para mi escasa capacidad de influencia) cuando aparece nítidamente ante mi conciencia atribulada todo lo que debí transmitiros y no os transmití. Ya es triste, ya, pero… en fin… Podría entregarme a la bebida, podría darme cabezazos contra la pared, pero, animada por un súbito espíritu quijotesco, he decidido que mejor era empezar un blog. Total… from lost to the river…

Decía Chesterton que “…Hay dos formas de llegar a un lugar. La primera de ellas consiste en no salir nunca del mismo. La segunda, en dar la vuelta al mundo hasta volver al punto de partida”. Vuestra madre, que soy yo, en su primera juventud salió, figuradamente, de un lugar en el que todavía se sostenían (aunque precariamente) restos de tradición, restos de cristianismo… restos de civilización… Di, como quién dice, la vuelta al mundo y tras media vida de deambular desorientado, cuando estaba ya muy, muy cansada, vislumbré a lo lejos, allá como en un claro del bosque, una luz cálida, un hogar sencillo y hermoso… por supuesto era justo el lugar de donde había salido… solo que ahora se percibía el sitio como dotado de más sentido, de más orden y coherencia y, sobre todo, de una profundidad misteriosa y balsámica.

Dejadme, hijos. que intente contaros aquí las viejas historias de vuestros ancestros, también cuentos de hadas que no os leí en su momento, poemas que no fueron recitados, recuerdos de infancia, historias de esa patria vuestra que os es casi desconocida… también plegarias…

Sirva este blog como intento, quizás inútil, de remedio a lo que no se hizo en su momento y también como adecuada penitencia.

Os quiere,

Vuestra madre.

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