Queridos hijos,
Dejadme que os explique el cuento de la Miseria y que intente hacerlo tal y como vuestra bisabuela me lo contaba a mí. No sé si sabré. Vuestra bisabuela creaba, sin esforzarse siquiera, un ambiente intemporal a su alrededor que acompañaba muy bien a estas fábulas.
Intentad imaginarla como ella era, quizás eso ayude: pequeñísima, austera y desdentada; cabello blanco recogido en moño, diminutos pendientes de oro, luto riguroso y eterno… Una viejecita como eran todas hace no mucho tiempo… una anciana como Dios manda.
Allá va:
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Érase una vez una vieja que se llamaba La Miseria. Vivía allá por los tiempos de Jesucristo cuando iba Él con San Pedro predicando el Evangelio.
La Miseria tenía en su huerto un hermoso peral al que acudían todos los chiquillos del contorno para, animados por su maldad natural, despojarlo de todos sus frutos cuando los había, sin dejar que la anciana probara ni una triste pera. Podéis imaginar lo desesperada que andaba la Miseria.
Pasaban un día por allí Jesucristo y San Pedro y buscando alojamiento sin encontrarlo. Avistaron entonces la casa de la Miseria y se acercaron a ella. La Miseria los atendió muy bien: les dispuso lumbre para calentarse y les dio de comer lo que pudo, que no fue mucho porque era muy pobre.
El Señor y San Pedro en agradecimiento le dijeron que le podían conceder lo que quisiera y entonces ella les pidió que los chiquillos que le robaban las peras se quedaran pegados al peral sin poderse soltar, que ella iría y les daría una buena zurra. El Señor le concedió ese privilegio.
Al día siguiente, tal y como tenían por costumbre, fue toda la chiquillería a por peras y, claro, se quedaron pegados, aprovechando la Miseria la ocasión para propinarles la merecida zurra. Cuando la anciana se dio por satisfecha soltó a los zagales que huyeron de allí para no volver jamás. Durante mucho tiempo la Miseria vivió tranquila en su casucha pudiendo comer sus exquisitas peras sin más contratiempo.
Fueron pasando años y más años. La Miseria era cada vez más vieja. Tan vieja era que un día fue la Muerte a por ella y le dijo: “Mira, vengo por ti. Ha llegado tu hora”. Le contestó la Miseria. “No tengo mucha gana de que me lleves aún, pero, como me vas a llevar quiera o no quiera, hazme un favor antes: tráeme unas cuantas peras del peral para que me las coma siquiera”. La Muerte fue por las peras y claro, al instante quedó presa del peral. Daba tirones a ver si se podía soltar, pataleaba y berreaba pero no podía soltarse de ninguna de las maneras.
Al ver que la Parca ya no se la podría llevar púsose la vieja Miseria a dar saltos de alegría tras lo cual pensó: “Puesto que nada puede pasarme, voy a aprovecharme bien. Iré a conocer mundo”. Ni corta ni perezosa lio un hatillo con lo poco que necesitaba y así la Miseria se echó a los caminos a pasearse tan ancha por esos mundos de Dios.
Todo fue una calamidad a partir de ese momento. La Miseria en su vagabundeo dejaba un rastro de pobreza en los villorrios y pueblos por los que pasaba. Además como la Muerte continuaba enganchada al peral, nadie se moría, acumulándose viejos y enfermos sin remedio.
Ya al cabo de mucho tiempo volvió la Miseria a su casa a ver cómo estaba el patio por allí y, claro, la muerte continuaba dando tirones y sin conseguir despegarse. Se acercó la Miseria a saludar a la Muerte. Al verla esta dijo: “¿Cómo tienes el valor de tenerme aquí con la falta que hago yo en el mundo?… venga suéltame y a cambio pídeme lo que quieras pero suéltame de una vez”. La Miseria le dijo: “Mira, hagamos un trato. Yo te suelto para que puedas hacer tu trabajo pero a mí no volverás nunca a buscarme. Podré continuar rodando por los caminos para siempre jamás”. La Muerte comprendió que, si quería continuar con su eterno cometido, no tenía más remedio que acceder y así lo hizo. “Sea”, dijo. Al instante la Miseria la soltó y así desde entonces y per in saecula saeculorum por el mundo campan no solo la Muerte sino también la Miseria.
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Sí hijos, sí. Generaciones y generaciones contaron este cuento a la luz de la lumbre. Ante sus ojos tenían la pobreza, vivían en ella y así, con esta sencilla leyenda, la explicaban y la aceptaban. Nosotros, más soberbios (y por lo tanto más estúpidos) creemos que no hay ya penuria cuando lo que en realidad sucede es que esta se ha transmutado, no siendo ya una miseria material sino de espíritu. Que es muchísimo peor, por supuesto.
Esta nueva Miseria se enseñorea de Occidente como una fuerza invisible. Una fuerza de un tipo que aplasta al hombre, que le induce a descreer en lo que durante dos mil años se ha creído firmemente: la capacidad del hombre de elevarse sobre sí mismo, la maravilla de ser hijo de Dios, la confianza de que existe algo que se llama vida buena y que esa vida buena es algo concreto y determinado… y no su contrario.
En fin, hijos míos… Podría (ahora que tengo la casa limpia, la cena preparada y el ánimo especialmente sombrío) recrearme un rato más en estos males tremebundos. Podría también pasar la tarde farfullando sobre lo insólito del hecho de que la mayoría de los jóvenes ya no son (ya no sois) ni siquiera ateos (tan lejos queda de vosotros la idea de Dios que ni Lo rechazáis siquiera…) Podría también mesarme los cabellos (ya conocéis mi natural tendencia a lo dramático) porque vosotros no vivís como fue habitual para vuestros ancestros: sabiendo que, en la vida buena, danzaban unidas la voluntad de Dios y la prudencia del hombre; entendiendo que el hombre había de cumplir su tarea y que su tarea no era su simple y personal capricho…. Pero será mejor, quizás, que solo os recuerde que, en el antiguo orden tradicional, la Vida Eterna dejaba atrás a la Muerte y a la Miseria … y que por eso las abuelas podían explicar este cuento a sus nietos con la total confianza de no estar dañando su espíritu…
Hoy no susurran las abuelas el muy sabio cuento de la Miseria; hoy se cuenta a los niños la tonta patraña del Progreso… que es un cuento más falso que Judas, claro está. Un Progreso que además caduca a las puertas de la Muerte y que por ello no la integra y no puede transmitir ni auténtico sentido ni alegría de vivir; un Progreso que solo ofrece al niño la zanahoria de la ambición ciega, la prisión del hedonismo o la desesperación del nihilismo… Y lo digo yo que soy vuestra madre y, por lo tanto, no se hable más.
Sí, ya sé que ahora os estáis riendo de mí, hijos de mi alma y de mi corazón. Desde aquí me parece oír vuestras carcajadas. Y no me parece mal que toméis a rechifla mis jeremiadas. Está bien que os riais, y es especialmente gracioso que vosotros (con vuestro casi total desconocimiento de la religión en la que fuisteis bautizados) demostréis más tino que vuestra pobre y muy católica madre porque no hay pecado mayor que el que se comete contra el Espíritu Santo y es pecado contra Él el desesperar de la misericordia de Dios y abandonar la santa alegría.
Pero eso os lo explicaré otro día en otro post.
Os quiere,
Vuestra madre.