Me pedís, churumbeles míos, que continúe con estas cartas que llevan tantos meses pospuestas. Vuestra insistencia me resulta algo chocante pues bien sé que en los últimos años habéis desarrollado una curiosa sordera selectiva que se activa exclusivamente ante el sonido de mi voz… A pesar de encontrarme tan pesadísima en persona parece que sospecháis que algo edificante y sólido puede surgir todavía de aquí. No se hable más. Dispongome pues a compartir algo de lo que ocupa mi mente bulliciosa y a hacerlo como ya sabéis que hago yo estas cosas: pasando de la anécdota a la categoría con tanta gracia y desparpajo como escaso fundamento.
Allá vamos…
De las cosas sorprendentes de la vida no es la menor el descubrir que cuando una tiene hijos expande sin querer la disposición maternal (con su mezcla de ternura, susto y exasperación) más allá de los muros del hogar. Así, en los años en que he vigilado vuestro crecimiento, también, como con el rabillo del ojo, he ido observando las andanzas de otros jóvenes, fijándome especialmente en algunos que han ido llegando a este pueblo en los últimos 30 años.
Se trata de muchachos mayormente de ciudad; todos con ese aspecto entre tierno, cómico y lamentable que es tan propio de quienes no conocen ni su naturaleza ni su finalidad en la vida. Se les adivina con pocas raíces, menos estructura interna y una enorme desazón. Bastantes de ellos disponen todavía de la energía propia de la juventud y de un atolondrado impulso de cambiar algo que ni ellos saben qué (narices) es. Jóvenes que de manera vaga notan que en su interior hay un espacio que espera ser rellenado y en el exterior un fin al que tender… Algunos de ellos no carecen de talento y estos son, por alguna extraña razón, los que demuestran menor capacidad para cuidar de sí mismos…
Como todos vivimos una odisea, ellos viven también la suya. Vienen huyendo de la fealdad de la ciudad y de algo que instintivamente saben que no es bueno: de trabajos deshumanizados cuyo ritmo no lo marcan las estaciones y un calendario cristiano que prácticamente desconocen, sino la máquina y unas fuerzas económicas para ellos invisibles e incomprensibles pero cuyos efectos notan, ¡y de qué modo!, en sus vidas depauperadas.
Se adivina que muchos de ellos ya no nacieron en hogares estables donde se respetase la natural complementariedad entre hombre y mujer y que nadie les transmitió el amor a la Tradición,… ¡Bueno! ¡Qué digo amor! ¡Ni siquiera noticia de su mera existencia!… A veces yo (pecando gravemente de falta de misericordia, bien lo sé) imagino a sus padres sacudiéndose la responsabilidad educadora (tan aterradora ella) administrando ese consejo tan peligroso cuando es prematuro: “¡Sé tú mismo!”. Progenitores que sustituyeron la enseñanza paciente de las virtudes por una alocada inmersión de los vástagos en un sinfín de experiencias de ocio, deportivas, artísticas… como si de tamaña hiperactividad sin dirección pueda salir algo con sentido… “Haces un retrato cruel de esos padres” me parece oír que murmuráis y tenéis razón. Esos padres con toda probabilidad fueron otros huérfanos de Civilización…
En fin… Prosigamos… La llegada de esos jóvenes anhelantes de autenticidad a estos pueblos resulta especialmente fuera de lugar (o más bien del tiempo) dado que aquí ya no quedan ni los ecos de un mundo tradicional que este Occidente desnortado lleva 200 años destruyendo con esmero y minuciosidad dignos de mejor causa. Y, claro, los pobrecicos míos no comprenden por qué aquí se encuentran tan solos y desorientados como en la ciudad de la que huyen. Para contrarrestar ese desamparo y crear un nido que les acoja, y atendiendo solo a la pura voluntad que emerge de sus interioridades (voluntad no atemperada por la sensatez, y ahí está lo peligroso), dilapidan algunos de ellos ilusión y energía en fundar comunidades utópicas de lo más variopinto. Basadas algunas de ellas en la amistad, otras en un difuso anhelo espiritual, anarco-revolucionarias las peores, acaban indefectiblemente todas como el rosario de la aurora… Y, claro, aprender por el procedimiento de prueba-error es muy duro y de tener que estar inventando la rueda a cada paso quedan los pobrecillos agotados, doloridos y todavía mucho más desorientados. En fin…estas y otras calamidades les habrían sido evitadas si no se les hubiera hurtado la herencia que les correspondería como hijos de una Cristiandad que durante siglos dedicó sus mejores mentes a reflexionar sobre cuál es la naturaleza de las cosas, sobre cómo relacionarse con ellas y sobre qué es la vida buena.
Al final ninguno de ellos consigue arraigar por aquí. Todos se acaban marchando. De ellos queda solo un tenue recuerdo que se va difuminando con el tiempo…
Y yo, mientras evoco esas existencias, me hago algunas preguntas:
¿Qué fortaleza no tendrían esos muchachos si hubieran sido criados en una comunidad sólida organizada a partir de familias amplias y con una idea clara de lo que es el bien común? ¿Cuánto más capaces serían si sus veinte primeros años de vida se hubieran dedicado al cultivo de las virtudes y al descubrimiento y constatación cotidianos de la existencia de un orden natural? ¿Cómo serían esos jóvenes si hubieran sido educados para entender que las normas morales no son arbitrarias sino bien coherentes y pudiendo, por ejemplo, ver esa coherencia en la belleza de lo bueno y la fealdad de lo malo (¿o acaso es hermoso un aborto o puede ser fea una madre que cuida a su hijo?)? ¿Qué calidez, inspiración y ejemplo encontrarían esos mozos errantes si llegaran a pueblos anclados a la vera de monasterios milenarios, pueblos que estarían por ello permanentemente bendecidos por el fuego espiritual que los buenos santuarios irradian?
Y sobre todo: ¿Cómo sería la vida de esos jóvenes y de esos pueblos si todos ellos (y nosotros también) supieran que viven bajo la mirada de un Dios que es la fuente de todo ese Bien, Belleza y Bondad que permanentemente añoran y buscan alocadamente… un Dios que nos contempla a jóvenes y mayores, ahora y siempre, con benevolencia y paciencia y, creo yo, una tristeza tremenda?
Os quiere,
vuestra madre.